Presentación del director

© Paco Amate

Antonio Tarantino es un sabio. Un hombre que se dedicó a la pintura hasta que con cincuenta años su camino artístico inició una nueva vida centrada en la escena y en la pulsión de la palabra en el espacio.

Su compromiso, su prosodia y su riesgo han hecho de Tarantino un autor al margen de cualquier moda ya que en él se mueve otro impulso: el de la necesidad del mito en las esferas más bajas de la sociedad. No es de extrañar, pues, que en Italia todos los grandes intérpretes quieran representarlo.

En Vísperas, un hijo huye de casa por el conflicto que se establece con su padre cuando decide transvestirse y prostituirse. Tiempo después, el padre viaja a otra ciudad para recoger su cuerpo. Se ha suicidado y no sabemos por qué.

En escena vemos cómo este hombre humilde espera. Mientras le practican la autopsia no puede parar de hablar. Del río incontinente de palabras brolla un viaje al más allá. Quiere responder las peticiones de su hijo. Reconciliarse con él. Entender la muerte. O la vida y su significado. En él se mezclan cotidianidad, religión, paganismo atávico, Monteverdi y Boy George.

Para Tarantino, los mitos, vengan de dónde vengan, emanan luz, reconfortan. Emoción pura. Teatro. Lo que os decía: un sabio.

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