Fernando Solla, «Valiosa metáfora sobre el ser humano» (En platea)

Acercarse al Teatre Akadèmia estos días supone una triple constatación del excelente estado de nuestra perspectiva teatral: dramatúrgico, interpretativo y selectivo. Vespres de la Beata Verge, de Antonio Tarantino, muestra un compromiso irremisible hacia las necesidades anímicas esenciales del ser humano contemporáneo y así lo ha entendido Jordi Prat i Coll.

 

El director de escena ha conseguido captar la universalidad del texto sin renunciar a la localización original, entre Milán y Turín, convirtiéndose en altavoz de las connotaciones cosmogónicas y mitológicas del libreto y su alcance entre las esferas más plebeyas de ese colectivo al que llamamos sociedad.

 

Tomando el título de Vespro della beata Vergine, una de las composiciones musicales religiosas más conocidas de Claudio Monteverdi el autor nos situará en una sala de espera de un depósito de cadáveres. Mientras realizan la autopsia de su hijo, un padre revivirá en voz alta una alborotada conversación telefónica. La última que mantuvo con su descendiente antes del suicidio. A lo largo de lo poco más de una hora que dura la obra asistiremos a la toma de conciencia del protagonista de lo inevitable de la tragedia. De la incapacidad de redimirse nacerá la percepción de una identidad propia. La ilusión de una relación paterno-filial pura. De la no justificación del comportamiento de ambos surgirá el discernimiento de una aureola de integridad ancestral y divina. La beatificación de la figura del hijo, que se travestía para prostituirse, en la víspera de su ascenso a un estadio superior del espíritu, tras abandonar el cuerpo fruto de la autopsia. El depósito como purgatorio. De ambos.

 

La traducción de Albert Arribas conserva en todo momento la armonía entre las resonancias emotivas del texto y su discurso ajetreado, en apariencia inconexo y alterado. A su vez, la dirección de Prat i Coll mantiene la tensión en todo momento entre la dimensión de la palabra y la del espacio, escénico y figurado. El rigor de ambos catapulta la interpretación de Oriol Genís hacia cotas mayúsculas de sentido, sentimiento y empatía hacia su personaje. Un milagro escénico en el que la exégesis es culminante. A través de su mirada, su expresión corporal y su movimiento por el escenario y su contrapunto con el discurso del personaje, expresado de manera incontrolable y a borbotones, asistiremos a una segunda autopsia. En este caso, la de la paternidad. El periplo heroico del viaje iniciático de autoconocimiento. Victoria y tragedia al mismo tiempo. Perdiendo al hijo en el depósito y recuperándolo a través de esta purgatorio figurado que supone la conversación mantenida con el público.

 

Sí, con el público. La disposición figurinista de los personajes hará que Genís dirija la mayoría de su discurso frontalmente hacia el público. El uso alternante de la primera y segunda persona principalmente (también la tercera al contextualizar el ambiente cotidiano de los personajes) hace que, en algunos momentos, seamos los asistentes los que tengamos la sensación de ocupar el intelecto del hijo, de cuerpo presente en todo momento. De nuevo otra contraposición, ya que Guillem Gefaell estará inerte en todo momento sobre la mesa de donde se practicará la autopsia. El joven actor realiza una transformación corporal imprescindible para entender a su personaje, demostrando una naturalidad admirable en sus difíciles escenas de desnudo. Su éxito es total, puesto que lo que finalmente nos mostrará es esa especie de castidad y pureza interior de su personaje. La legitimación del mito.

 

La escenografía de Ricard Prat i Coll así como la iluminación de David Bofarull completan el círculo que convierte esta puesta de Vespres de la Beata Verge en un espectáculo insuperable. Convertir la caja escénica en un no-espacio negro favorece la sensación de que los personajes (y nosotros mismos) nos enfrentamos al cosmos, al origen de los tiempos. Esto implica un retorno a lo interior. Lo intrínseco y connatural. La iluminación sobre la mesa de autopsia, así como los fluorescentes que parecen estallar en diferentes momentos de la función, delimitan esa especie de ascensión, de beatificación del muerto, pero también del personaje principal. Muerto el padre, nos encontraremos al fin con el Hombre. Espectacular comunión entre todas las disciplinas técnicas y artísticas.

 

Finalmente, es una suerte contar con inquietudes como la Prat i Coll que decidan apostar por las nuevas dramaturgias europeas. Aunque esta obra data de 1993, no es habitual encontrar entre nosotros el teatro de Antonio Tarantino ni, tampoco, obras que contengan esta especie de universalidad formal, inclasificable dentro de ninguna corriente ni escuela. Si el teatro es emoción y este arte facilita el conocimiento de la esencia del ser humano, podemos afirmar que el montaje de Vespres de la Beata Verge que podemos ver en el Teatre Akadèmia es Teatro. Esa cualidad del verbo que supone un estado permanente, íntegro y consustancial a su naturaleza primera. Lo mismo para el trabajo de todos los implicados, especialmente para el autor, Prat i Coll y Oriol Genís. Imprescindible.

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