Presentación del director

En medio del desfile de supersticiones —tanto folklóricas como modernas— que Fellini hace pasar por su film Ginger e Fred, un anciano vestido con hábito franciscano desafía por unos instantes el vertiginoso tiempo del espectáculo mediático. Tras mirar a cámara con unos ojos cargados de inocencia, y de parafrasear el radical racionalismo de Agustín de Hipona —«la experiencia del mal también puede ser un camino»—, el fraticello se niega a satisfacer la sed de milagros de los televidentes afirmando que en  vida todo es un milagro, que depende de nosotros saber verlo.

 

Para dar rostro a esa luminosidad conmovedora, Fellini recurrió a uno de los «artistas» más importantes del siglo XX, Jacques-Henri Lartigue. Un fotógrafo «amateur» que tomaba fotografías en parques públicos sin ánimo de lucro ni de gloria, con el afán de capturar esa felicidad escurridiza que el siglo se encaminaba a borrar —ya mucho antes de la «culminación del progreso» que supusieron los campos en la II Guerra Mundial.

 

Los escenarios bucólicos de Lartigue, sin embargo, llevaban años enmascarando la sombra de la violencia colectiva. Los jardines municipales, gran telón de fondo del siglo XIX, habían empezado a abrirse al público durante el antiguo régimen para paliar las crecientes tensiones que amenazaban desde dentro a los estados nacionales. Y, así, el valor simbólico del locus amoenus, tan fructífero en numerosas tradiciones humanistas, había perdido la dimensión paradisíaca para caer de lleno en la impostura de la negociación política.

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